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EDITORIAL: Ha llegado el momento

FORT MYERS, Fla. (BP) — Sentí el llamado al ministerio en la ciudad de Alburquerque, en New Mexico, hace muchos años. El pastor de mi iglesia fue mi primer mentor, y una de las primeras cosas que hice con él fue visitar la cárcel y los hospitales.

Luego serví como Capellán en el Hospital de la Universidad de New Mexico (UNM), por lo que visitar la Unidad de Cuidados Intensivos (ICU) de ese y otros hospitales de la ciudad, y orar por hermanos y hermanas que estaban atravesando momentos difíciles, era parte de mi labor diaria.

De esas visitas a la ICU tengo muchas experiencias y recuerdos. En ocasiones vi el poder de Dios derramándose sobre Sus hijos. Vi a personas, casi a punto de abandonar este mundo, reconciliándose con Dios. También recuerdo con dolor a personas que se revelaban contra Dios por estar enfermos y también vi a muchos cristianos, con una sonrisa en los labios y un cántico de alabanzas esperando la muerte, con la seguridad de que pronto iban a encontrase con su Salvador.
Sin embargo, yo nunca había estado ingresado en una unidad de ICU como paciente. Hace unos años, sin haber experimentado algún síntoma antes, me diagnosticaron un bloqueo en las arterias del corazón y me sometieron a una operación para realizarme un quíntuple baipás. Para mí ese es un recuerdo agridulce, si es que se puede usar este término. Luego de permanecer por siete horas en el salón de operaciones, abrí lo ojos en un cuarto de la Unidad de Cuidados Intensivos (ICU) del Hospital. Tengo que reconocer que para mí fue un poco impresionante ver la enorme cantidad de tubos, monitores, agujas insertadas en mis venas, oxígeno y mil cosas más que hacían casi imposible que pudiera realizar cualquier movimiento, sin mencionar el dolor que sentía en el pecho que apenas me dejaba respirar. Esa es la parte agria.
Por otro lado, sentir la protección y el cuidado de Dios es algo muy dulce e indescriptible. Recuerdo haber visto, todavía bajo los efectos de la anestesia, el rostro de una de mis amigas más queridas en compañía de la esposa de mi hijo. Esa fue para mí una experiencia surrealista. Saber que había muchos hermanos y hermanas orando a Dios, clamando por mi sanidad. Saber de hermanos que habían estado junto a mis familiares en el hospital durante todas las horas que duró la cirugía y la fase de recuperación hasta que llegué a la ICU, fue una experiencia inenarrable e inolvidable. Sentir el poder de la oración intercesora de muchos hermanos y hermanas unidos en oración, con un mismo clamor, a pesar de encontrarse a muchos cientos de millas de distancia, no es algo que se experimente todos los días. Una cosa es cuando nosotros hacemos algo por otras personas y una muy diferente, cuanto tenemos la bendición de recibir, cuando estamos necesitados, las muestras de amor de nuestros hermanos en Cristo. Y esto es algo en lo cual no pensamos con frecuencia. El enorme impacto que tiene para el reino de Dios que seamos mensajeros del amor y cuidado de Él, cuando alguien se encuentra en un momento difícil.
Solo estuve 24 horas en la ICU, pero me parecieron interminables. Esa no era parte de mi rutina diaria como capellán. En este momento era yo el que estaba acostado en una cama en la sala de Cuidados Intensivos con una enfermera sentada al lado. Entonces vinieron a mi mente los recuerdos de muchas personas que tuvieron que permanecer en la sala de ICU por muchos días y las diferentes actitudes de algunos de ellos. En los momentos difíciles, Dios nos da la oportunidad de testificar de Él. ¿No es hermoso poder cantar con la mente y sentir el poder de Espíritu Santo obrando en nosotros? ¿Qué puede existir que nos dé temor? Si Dios es con nosotros, ¿quién contra nosotros?
Hoy día, todos estamos viviendo días difíciles en este país. Tengo a un querido hermano en Cristo que acaba de pasar tres semanas ingresado en la sala de Cuidados Intensivos del hospital sufriendo del COVID-19. Por muchos días se temió por su vida y su esposa y familiares pidieron oraciones para que Dios hiciera un milagro. Una persona tuvo la iniciativa de crear una página en FB para mantenernos informados del estado del paciente y para compartir motivos específicos de oración por el enfermo, versículos bíblicos y cánticos de alabanza. Ha sido muy inspirador ver al pueblo de Dios unirse con un propósito tan sublime. Más de cuatro mil personas se han suscrito a esa página. Según he podido conocer, las muestras de amor cristiano que le han mostrado a la esposa y a los hijos de este hermano son verdaderamente impresionantes.
En tiempos como los que estamos viviendo, en los que en las mañanas las noticias solo nos traen informaciones tristes y alarmantes, tenemos que reconocer que a nuestro alrededor hay mucho dolor, tristeza, frustración y desesperación. Muchas personas en nuestras comunidades andan como ovejas sin pastor. Y el pueblo de Dios tiene el mensaje de amor y esperanza que este mundo necesita. Pero tristemente, hay algunos que guardan ese mensaje como un secreto.
Justo hoy se hace más imperativo el mandato de nuestro Señor de ir a hacer discípulos en todas las naciones. Tenemos una fe y un mensaje que compartir, tenemos un arma de incalculable valor: la oración. Y tenemos el mandato del Señor de ir. Y hoy, como nunca, el campo misionero está en nuestro vecindario. No tenemos que tomar un avión o un barco para entrar en contacto con personas de otras culturas, ya que ahora son nuestros vecinos.
Mostremos con nuestras acciones la fe que sustentamos y el amor de Cristo que sobrepasa a cualquier cosa. Tal vez sintamos temor, a lo mejor nos dé pena hacerlo, pero como dice el himno: “tenemos la seguridad de que no seremos zarandeados”. Sin importar donde estemos, ni la situación que podamos estar enfrentado. Es la hora de dar un paso al frente y de mostrarle al mundo el amor de Dios. Una vez más ha llegado el momento de que la Iglesia, sea verdaderamente la Iglesia que Cristo compró con Su sangre.