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EDITORIAL: ¿Pecados obsesivos?

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NASHVILLE, Tenn. (BP)–Hay ocasiones en las que algunas personas se confunden y se hacen juicios erróneos acerca del pueblo de Israel. Si consideramos los hechos fríamente, parecen inaceptables. Habiendo presenciado y siendo parte del milagro de las plagas desatadas por Dios en Egipto para lograr su liberación de la esclavitud. Habiendo sido testigos de la manera milagrosa en la cual el Mar Rojo ser abrió para dejarles pasar en seco, y luego tragarse a faraón y su ejército, ¿cómo es posible que este pueblo se volviera a la idolatría? Sin dudas, Israel era un pueblo de dura cerviz, ¿no le parece?

El pueblo de Israel era desobediente y rebelde. ¡Muy parecido a nosotros! Hay algo que no debemos perder de vista. La idolatría en realidad estaba en el aire que se respiraba alrededor del pueblo de Dios. Israel había vivido por cientos de años rodeado por todos los ídolos de los egipcios, y todas las naciones que les rodeaban adoraban imágenes y dioses falsos. La gente en aquel tiempo no podía concebir que se pudiera existir sin tener representaciones visuales de los dioses en los que confiaban para su protección. De manera que cuando ellos le dicen a Aarón, “Levántate, haznos dioses que vayan delante de nosotros…” en realidad pensaban que estaban haciendo algo normal y hasta digno de reconocimiento.

La idolatría se convirtió en un pecado obsesivo para el pueblo de Israel. Moisés constantemente tuvo que estar alertándoles en contra de este problema. El gran pecado de Reboán fue poner los becerros de oro en Dan y Betel que fueron la causa principal por la cual las tribus del norte no anduvieron rectamente delante de Dios (1 Reyes 12:26-33; 2Reyes 3:3; 15:18). Con mucha frecuencia los profetas llamaron la atención del pueblo de Israel en contra de la idolatría, señalando que esa era la razón principal por la cual Israel y Judá recibían el juicio de Dios (Isaías 2:8; Jeremías 8:19; Ezequiel 8:10; Oseas 4:12 y Miqueas 5:13). La construcción del becerro de oro que hizo Aarón, en cierta medida, estableció lo que sería el pecado obsesionante de Israel en los siguientes mil años.

Pero antes de juzgar demasiado fuerte al pueblo de Israel, piense que nosotros también tenemos nuestros pecados “obsesionantes”. Nuestra sociedad practica muchos pecados que nos arrastran fácilmente para que caigamos en ellos, una y otra vez al punto de algunos llamarles “estilos de vida”. Hay una gran variedad de formas en las que podemos realmente “obsesionarnos” con un pecado específico, y muchas veces, con más de uno. Por ejemplo, pecados de índole sexual que incluyen modalidades como: la pornografía, la fornicación, el adulterio, la homosexualidad, el abuso infantil, la prostitución etc., y otros muchos pecados como la codicia, la envidia, la glotonería, la avaricia, el orgullo, la arrogancia, el cinismo, la falta de fe, el robo, el engaño, el chisme, la mentira, y otros muchos más. Lo triste del caso es que al igual que el pueblo de Israel, hemos sido cegados por la sociedad en la que vivimos, en la que estas terribles cosas se ven como normales llegando a engañar a los escogidos. ¿Cuántas personas conoce usted que viven “juntas” sin estar casadas? ¿Sabe cómo se llama eso? ¡Fornicación! ¿Sabe que es un pecado? ¿Sabía que dentro de algunas iglesias cristianas hay gentes viviendo de esta manera, sin que alguien les llame la atención? El problema mayor es que en lugar de nosotros ejercer influencia en la sociedad, la sociedad influye sobre nosotros y actuamos como la gente del mundo. Eso mismo era lo que le sucedía al pueblo de Israel. ¡Pero esto no es una justificación! Dios castigó duramente al pueblo de Israel por su rebelión. El problema mayor está en creer que hoy día, las cosas van a ser diferentes. Es necesario que tengamos presente que si no nos arrepentimos de corazón y nos apartamos del pecado, la ira Santa de Dios también vendrá sobre nosotros, como individuos, como iglesia y como nación.

Tenemos que entender una dura realidad y es que no podremos caminar con Dios hasta que no reconozcamos, confesemos, enfrentemos nuestros pecados y nos apartemos de ellos. Sobre todo, de aquellos pecados que han llegado a ser una obsesión para nosotros, al punto de que no podemos vivir sin caer una y otra vez en los mismos.

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¡Pero hay buenas noticias! Dios respondió a la labor de intercesión de Moisés y le prometió a su pueblo que Su ángel los guiaría hasta la tierra que les había sido prometida a sus padres. Pero no pierda de vista que si bien es verdad que Él no los abandonó, se negó a permitirles que tuvieran alguna ilusión acerca de su dignidad. Él les dijo: “pero yo no subiré en medio de ti, porque eres pueblo de dura cerviz, no sea que te consuma en el camino”. El pueblo se sintió tocado en lo más profundo por esta reprensión y respondió adecuadamente. “Y oyendo el pueblo esta mala noticia, vistieron luto, y ninguno se puso sus atavíos”. (33:4). Quitarse los atavíos (joyas) significaba dos cosas: Primero era apartarse de la vanidad y el amor a las cosas materiales. Y en segundo lugar, significaba apartarse de la idolatría, ya que los ornamentos y las joyas del mundo antiguo, generalmente incluían representaciones paganas. Un objeto muy popular por aquellos días era una especie de rectángulo de metal que tenía una inscripción en jeroglífico con el nombre del faraón (recordemos que el pueblo de Israel acababa de salir de Egipto donde había vivido varios cientos de años). Para los egipcios faraón era un dios. Igualmente había otros muchos dioses como el dios o diosa de la fertilidad, que eran representados en los pendientes y brazaletes y no como simples temas decorativos, sino como objetos de respeto y adoración, eran una especie de “amuletos” para llamar la buena suerte.

De manera que el hecho de que el pueblo se despojara de aquellos objetos, fue sin dudas, una muestra de arrepentimiento y pena. Es obvio que hacer esto también implicaba una prueba de su fe en Dios, ya que de hecho estaban renunciando a la supuesta protección que estos amuletos les daban.

Nosotros, como pueblo de Dios, estamos también llamados a despojarnos de “nuestros amuletos ocultos” para poner nuestros ojos en el autor y consumador de nuestra fe, en Jesús de Nazaret a quien el Padre exaltó a los lugares celestiales en los que Él reina junto a Jehová Dios. A Él sea la gloria. Yeshúa es Rey de reyes y Señor de señores, ¡aleluya!
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Óscar J. Fernández es el Editorial Project Leader para Leadership and Adult Publishing, en LifeWay Christian Resources en Nashville, TN, es además escritor independiente y estudioso de la Biblia. Su blog http://estudiandolabibliaconoscar.blogspot.com tiene seguidores de 20 países hispanos.