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Tribus indígenas transformadas por el evangelio


NOTA DEL EDITOR: La Semana de Oración por la Misiones Internacionales de este año, del 30 de noviembre al 7 de diciembre, se enfoca en misioneros que sirven en América del Sur además de las iglesias que participan con ellos, ejemplificando el alcance global apoyado por las ofrendas de los bautistas del sur a la Ofrenda de Navidad Lottie Moon. El tema de este año es “VE DI la historia de Jesús,” la meta nacional de la ofrenda es $170 millones.

BOGOTÁ, Colombia (BP)–Gotas de sudor caían del pequeño y delgado cuerpo de Dut mientras escarbaba una fosa en el suelo del bosque lluvioso de Colombia.

Pocos minutos antes, la india de la tribu Nu* había dado a luz a su noveno hijo, un niño, pero no le gustó lo que vio. La cabeza del bebé estaba malformada, puntiaguda — un defecto temporal que los doctores hubieran reconocido como resultado de una intensa labor de parto.

Pero ahí no había doctores. Dut era ignorante y estaba sola, excepto por algunos de sus hijos que junto con su madre se aventuraron en el monte ese día.

Ellos miraban cuando Dut depositaba el diminuto cuerpo de su hermanito en un agujero poco profundo y comenzaba a cubrirlo con tierra. El recién nacido chilló en protesta, sus brazos y piernas luchaban contra los puñados de fría y húmeda tierra que le presionaban la piel.

Su llanto se debilitó cuando una oleada de tierra le llenó la cara, seguida de otra y otra. Abruptamente el silencio cayó en la selva. Dut se puso de pie, se sacudió la apelmazada tierra y la mugre de las manos y regresó a su casa.

A Lía Rojas* se le revolvió el estómago. Mientras veía a su propia hija de dos años jugando con sus amiguitos del pueblo nu, la misionera bautista colombiana luchaba para comprender la crueldad descrita en la macabra confesión de Dut. Fue aun peor saber que ella había enterrado vivos a otros cuatro niños — uno simplemente porque era gemelo (los nu creen que el gemelo más pequeño está poseído por malos espíritus).

Lo que Lía no sabía era que el Señor usaría esos brutales pecados para transformar la vida de Dut. A través del testimonio de Lía, Dut sería una de las primeras personas entre los nu que comenzaría una relación con Jesucristo. El cambio resultante en la vida de ella es un atisbo de la manera en la que Dios está haciendo que el nombre de su Hijo sea conocido en medio de los indígenas colombianos, un grupo de más de 100 tribus indígenas esparcidas a través de una nación doble en tamaño al estado de Texas, EE. UU.

A la cabeza de este esfuerzo están los misioneros bautistas del sur Fernando y Brenda Larzábal. Nacido en Argentina, Fernando comenzó su carrera ministerial como piloto misionero. Él conoció a Brenda, maestra de Saranac, Michigan, en un viaje misionero a Belice. Llevan 22 años de casados y tienen cuatro hijos varones.

Tienen el cargo de reclutar a la iglesia colombiana para que lleve el evangelio a cada tribu indígena.

Lía y su esposo Juan* están entre un creciente número de misioneros colombianos que han aceptado el llamado. Es un trabajo enorme, y no hay una única estrategia para todo. Sea Betoye, Ticuna o Wayuu, cada tribu es tan particular como su nombre, con lengua, cultura y visión del mundo distintas.

Lo que tienen en común es su necesidad de Cristo. De las más de 100 tribus indígenas, solo nueve se consideran “evangelizadas.” Más de las otras 60 no tienen ningún testigo del evangelio. Eso significa que no hay creyentes conocidos ni iglesias evangélicas. En vez de eso, la mayoría de las tribus son animistas — adoradores de los espíritus, y viven con miedo de no apaciguar los dioses que ni conocen ni aman.

“La abrumadora necesidad de esta gente es ser liberada del temor a Satanás. Sin Dios, es una esclavitud. Sin Cristo, hay temor, y eso es lo que ellos espiran día a día.”

Los Rojas saben de primera mano lo que esa clase de temor puede hacer. Han vivido entre los nu durante casi 10 años y a menudo han visto a las familias nu andar hambrientos, algunas veces durante días, debido a que estaban tan temerosos de los malos espíritus que no iban a cazar a la selva.

“Es como un mundo diferente,” dice Lía. “Los nu viven de forma muy primitiva.”

No hay electricidad ni agua corriente en los pueblos. Hasta hace poco, los nu andaban desnudos. Duermen en hamacas que cuelgan en chozas abiertas con techos de hojas de palma. La selva es su única fuente de comida. Usan cerbatanas con dardos de puntas envenenadas para atrapar pájaros o monos; recogen a mano insectos y miel.

Esta primitiva existencia se debe al limitado contacto de los nu con el mundo exterior; se les considera aislados aun de las otras tribus indígenas. No hay caminos que lleven a los pueblos nu. Para alcanzarlos, los Rojas deben viajar dos horas en avioneta hasta un campo de aterrizaje demarcado dentro de la selva. De ahí tienen que caminar cuatro horas jalando a sus dos pequeñas hijas.

INSURGENTES VS. EL EVANGELIO

Sin embargo, la distancia no es el único obstáculo entre los indígenas y el evangelio — existe la amenaza que presenta la presencia de insurgente del gobierno y grupos paramilitares. Los choques con el gobierno han forzado a estos grupos a irse a remotas áreas rurales de Colombia, las mismas áreas donde las tribus indígenas tienen sus hogares. El problema insurgente está tan esparcido que casi cada tribu no evangelizada, incluyendo a los nu, están dentro de su territorio. Los secuestros para pedir rescate están prácticamente garantizados para los extranjeros que tratan de alcanzar a los indígenas.

Aunque los estadounidenses serían visibles en estas áreas, los colombianos se entremezclan entre ellos — lo que los hace misioneros ideales a las comunidades indígenas. Todavía hay cierto riesgo; pero en el nombre del evangelio, es un riesgo que misioneros como los Rojas están dispuestos a correr.

“Es verdad que donde vivimos es un poquito peligroso y algunas veces no es muy cómodo,” dice Lía. “Pero Dios nos dice que el día de salvación es hoy. Cristo murió por los nu y nos envió para que se lo dijéramos. Sabemos que nuestra vida está en sus manos. Si morimos, así sea, porque Jesús estará allá esperándonos.”

Ese sentido de emergencia ardía en el corazón de los Rojas el día que Cho murió. Contado entre los amigos nu más queridos de la familia, él estuvo allí desde el puro principio de su ministerio. Cho había ayudado a Juan y a Lía en incontables ocasiones pasando horas enseñándoles pacientemente el idioma nu o compartiendo el pescado que había pescado para la cenar. Sus hijas, Gracia* y Alegría*, inclusive lo llamaban “abuelito.”

Sin embargo, a pesar de todo lo que Cho les había dado, los Rojas no pudieron darle a Cho lo que él más necesitaba. En ese momento, ellos trataban de perfeccionar sus habilidades lingüísticas y todavía no habían podido compartir el evangelio con ninguno de los nu — ni siquiera con Cho.

Un día, Cho se enfermó gravemente. Fue llevado al doctor de la ciudad, pero murió al día siguiente. Juan fue enviado para llevar el cuerpo a su hogar.

“Me dolió muchísimo,” recuerda Lía. “Le dije a Dios: ‘Él no tuvo oportunidad de escuchar acerca de ti.'”

Esa noche, los Rojas se desahogaron en oración suplicándole al Padre por los nu.

“Le pedimos a Dios que nunca más enterráramos a un hombre o a una mujer de esta tribu sin haber tenido la oportunidad de hablarles de Jesús,” relata Lía.

Llenos de remordimientos y de dudas, buscaron a los Larzábal para que los ayudaran. Fernando y Brenda los confortaron y les ofrecieron su guía y amistad. Conectaron a Juan y a Lía con una iglesia local que estuvo de acuerdo en apoyar el ministerio de la pareja. Más importante, los Larzábal los ayudaron a desarrollar una nueva estrategia para alcanzar a los nu, una que les permitiría comenzar a compartir el evangelio inmediatamente.

Al cabo de unos pocos meses los Rojas estaban de vuelta en el campo, testificándoles a los nu usando por primera vez las historias bíblicas en forma cronológica. Esta es una herramienta evangelizadora que involucra compartir y discutir una serie de historias clave de la Biblia, usualmente comenzado desde la creación hasta Cristo. El ambiente histórico a menudo está diseñado para dirigir asuntos específicos relevantes para un grupo de personas en particular.

“Oramos que las historias fueran para los nu más que fábulas o cuentos de hadas,” dice Lía. “Específicamente pedimos que el asunto del pecado fuera confrontado y entendido ya que los nu no sentían culpabilidad por nada que hicieran.”

EL PECADO DE DUT Y LA SALVACIÓN

Dut estaba entre los primeros que escucharon las historias y éstas la cautivaron. Los Rojas rápidamente reconocieron que el Espíritu Santo obraba llevando a Dut a confrontar su pecado.

“Ella había aprendido de la historia de Caín y Abel que Dios lo sabe y lo ve todo,” dice Lía. “Cuando revisamos la ley de Dios de “No matarás,” Dut supo que estaba acorralada y ese día confesó.”

“Enterré vivos a esos niños y ahora estoy en la hornilla,” le dijo Dut a Lía. “¿Qué hará Dios conmigo?”

Luego llegamos a la historia del arrepentimiento de Jonás y Nínive.

“Yo tengo que hacer lo que la gente de Nínive hizo,” dijo ella. Para sorpresa de los Rojas, Dut inmediatamente se puso de rodillas en el suelo y le pidió a Dios que la perdonara.

“Ese fue un momento de regocijo para nosotros,” recuerda Lía. “Supimos que ese era el principio de la llegada poderosa de la Palabra de Dios en medio del pueblo nu.”

Ellos todavía no habían llegado a la historia de Cristo. Cuando lo hicieron, dice Lía que Dut estaba rebosante de alegría al saber que Jesús había muerto por sus pecados, aun por los pecados que parecían imperdonables – como matar a cinco de sus hijos.

“No, no voy a ir al infierno porque Cristo también pagó por eso,” declaró Dut.

Ella pronto llevó a toda su familia para que escucharan las historias de la Biblia. La hermana de Dut fue la siguiente en recibir al Señor. Al cabo de un año, los Rojas habían compartido el evangelio con todos los 120 nu del pueblo. Más de 60 han aceptado a Cristo y 20 se han bautizado.

Hoy Juan dice que la presencia de Dios continúa transformando el pueblo. Los creyentes nu ya no adoran los espíritus o visitan a los doctores brujos. El índice de adulterio, robos y otros problemas ha bajado dramáticamente. Lo que es más, las familias nu ya no andan con hambre por temor a los malos espíritus.

“En el pasado yo le temía a la muerte y no cazaba en la selva,” le dijo uno del pueblo nu a Juan. “Pero ahora sé que si muero voy a cielo porque Dios envió a un Salvador por mis pecados.

“Ahora me siento libre.”
–30–
*Los nombres han sido cambiados. Don Graham es escritor de la Junta de Misiones Internacionales. Para saber más de América de Sur para Cristo, vaya a samregion.org. Ofrendas para la Ofrenda de Navidad Lottie Moon pueden hacerse a www.imb.org/offering para apoyar a los más de 5.300 misioneros de la Junta de Misiones Internacionales en todo el mundo, incluyendo a Fernando y Brenda Larzábal en Colombia.

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  • Por Don Graham