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Cuando los supremacistas blancos llegan a la ciudad


CHARLOTTESVILLE, Va. (BP) — Vivo en Charlottesville, Va. Ustedes han de haber oído de este lugar.

Han de haber visto mi ciudad en las noticias o en su tuit después de que varios nacionalistas blancos y grupos supremacistas blancos convergieron en el parque del centro para protestar por la potencial remoción de la estatua de Robert E. Lee.
Probablemente han visto las imágenes de las banderas confederadas y las esvásticas, a los manifestantes y a los contra manifestantes, las peleas a puños y los arrestos, y los videos de la masacre. He observado la maldad de la supremacía blanca materializada en las gradas de la biblioteca local y el odio en la calle en la que he manejado cientos de veces. Mi familia llora y lamenta al saber que los manifestantes usaron palos e inclusive un carro en contra de otros seres humanos, incentivados por su ideología.
Como ciudadana de Charlottesville, quiero declarar públicamente mi disgusto y condena a la manifestación que ocurrió para abogar por la supremacía blanca.
Aparte de la condena a su ideología, mi esposo y yo y nuestra iglesia simplemente no les vamos a dar nuestra atención. Y tampoco vamos a ser activistas de un día que no están interesados en el valiente y fiel trabajo en esta comunidad.
En vez de eso seremos cristianos. Continuaremos dándole nuestra total atención al tema del evangelio en la división racial. Llamaremos a la supremacía blanca lo que es: pecado. Continuaremos edificando verdaderas relaciones con hermanos y hermanas en nuestra comunidad y en nuestra iglesia que representan, junto con nosotros, la hermosa diversidad del reino de Dios. Continuaremos relacionándonos con nuestros amigos de diversas razas al tiempo que buscamos llenar las necesidades en nuestra ciudad. Y mi esposo predicará el evangelio desde el púlpito como tiene que ser predicado — para todas las personas.
Este es el evangelio que me hizo cristina, el evangelio que me dice que somos hechos a la imagen de Dios, pero solamente Uno es supremo — Jesucristo. Él me enseña a amar a otros, no a celebrarme a mí misma o a pelear por mis derechos, no a amar selectivamente o con favoritismo. Él me enseña a tratar de entender a otros y a honrarlos, no a honrarme a mí misma. Él me enseña que su Reino es el país y la gente a la cual pertenezco, y que su Reino está formado por cada nación y etnia.
Necesitamos que los cristianos sean cristianos no solamente en Charlottesville sino en toda nuestra nación. Ser cristiano a pesar del odio racial comienza con la iglesia de Cristo cayendo de rodillas en lamento y confesión y pidiéndole al Espíritu Santo que nos mueva hacia él y los unos a los otros. Que podamos hacerlo colectivamente cuando nos reunimos. ¡Ayúdanos Señor, a entender nuestra unión contigo, y con todos los que son tuyos! Ayúdanos a amar a nuestros enemigos — a aquellos que expelen odio — y recuerda que ellos necesitan tu gracia, así como nosotros.
Es tiempo de que dejemos de creer y repetir la trillada frase de que nos movimos más allá del racismo porque nos movimos más allá de Jim Crow. Si Charlottesville nos muestra alguna cosa, nos ruega que veamos la realidad. Nos hemos fallado los unos a los otros de muchas maneras, algunos han ignorado lo que no han querido ver, algunos entre nosotros están descorazonados y fatigados por la continua injusticia, pero nuestro Dios nos ofrece arrepentimiento y restauración, tanto individualmente como colectivamente, cuando reconocemos nuestros pecados raciales ante Dios y el uno hacia el otro.
Permítanme reconocer los míos ante ustedes. He recibido el beneficio de los sistemas educativos, sociales y económicos el cual he asumido que todos pueden disfrutar si simplemente trabajan bien fuerte para obtenerlo. He vivido ignorantemente, sin entender que mi realidad no es la realidad de otros y encogiéndome de hombros cuando alguien ha tratado de explicarlo de otra manera. No he llamado los chistes o las palabras racistas por lo que son.
He deseado una iglesia multiétnica al tiempo que esperaba que las personas de diferentes razas se ajustaran a mis preferencias de cómo la iglesia se expresa. No me he pronunciado acerca de la injusticia, no he tratado de entender las diferentes perspectivas, y he tenido temor de aquellos que son diferentes a mí.
Pero, alabado sea Dios, él no nos deja en nuestro pecado. Alabado sea Dios que el que comenzó la buena obra en nosotros la irá perfeccionando. Él me ha dado convicción de pecado y me está cambiando, él me está enseñando a través de su pueblo, y quiero más de su obra transformadora.
También quiero esto para la iglesia, que es por lo que comparto: ¡Porque Dios puede! Él es capaz de hacernos tiernos hacia otros en vez de enojados y amargados.
Sí creo, sin embargo, las palabras de Jesús al hombre lisiado que yació junto al estanque durante muchos años: “¿Quieres ser sanado?” Esa parece una pregunta curiosa, pero escucho lo que Jesús está diciendo. Algunas veces estamos muy contentos en nuestra enfermedad. No queremos la sanidad porque realmente no queremos vernos a nosotros mismos, confesar, arrepentirnos, o perdonar. No queremos sentirnos incómodos; solo queremos que Jesús lo arregle.
Quiero que vivamos completamente la imagen de lo que el evangelio es y puede hacer, especialmente en el área de la hostilidad y la división racial. “Porque Cristo es nuestra paz: de los dos pueblos ha hecho uno solo, derribando mediante su sacrificio el muro de hostilidad que nos separaba” (Efesios 2:14, 15).
Iglesia, tenemos esperanza para resistir, tanto por la supremacía blanca que pelea desde un lugar de enojo y temor como por las víctimas de su odio. ¡Podemos tener paz! ¡No debemos creer esto en teoría, sino debemos mostrarlo y hablarlo en nuestras relaciones y en nuestras comunidades! Solamente cuando nos sometemos humildemente a su Espíritu y los unos a los otros esto puede ser posible.
Así que dejemos de lamentarnos por el estado de las cosas. Confesemos cuáles son algunas de las cosas más incómodas de hablar entre nosotros: los pecados raciales.
Oigamos cómo nos herimos los unos a los otros y realmente escuchemos creyendo lo que nuestros hermanos y hermanas nos están diciendo.
Oremos por el herido, incluyendo a aquellos que consideramos enemigos.
Vayamos en búsqueda de otros de diferentes razas e involucrémoslos de manera que esta escucha y confesión, restauración y perdón, puedan realmente ocurrir.
Sirvamos juntos y pongámonos de pie en nuestras comunidades de manera que aquellos que no están en Cristo nos conozcan y lo conozcan a Él por el amor de los unos por los otros.
Lo siento por el daño y el dolor que esta manifestación ha causado a mis hermanos y hermanas de color. Llega como uno más de una larga fila de dolores, así que oro por su perseverancia, y anhelo con ustedes el día cuando todas las injusticias sean corregidas. Que la iglesia sea elocuente respaldándolos a ustedes y denunciando que la supremacía blanca es maléfica.
Por favor, sepan que hay cristianos fieles tratando de cerrar la abertura aquí en Charlottesville. Hay personas que están tratando de hacer algo significativo, que creo es principalmente edificar relaciones de la vida real cada día y tener conversaciones importantes a ese nivel.
Por el poder del Espíritu, mi esperanza es ser una de esas personas. Por favor, oren por nosotros en nuestra ciudad a medida que buscamos amar, entender, hablar, confesar, y perdonar.
¿Se unirán ustedes a nosotros? En cualquier lugar en el que vivan como cristianos, doblemos las rodillas en lamento, clamemos por sanidad del único lugar que puede venir, y entonces levantémonos con un arma aún mucho mayor que los palos y las corazas. ¡Levantémonos y vayamos con el persistente y reconciliador amor de Cristo!

    About the Author

  • Por Christine Hoover
    Christine Hoover es esposa de pastor, madre ama de casa y autora de “From Good to Grace: Letting Go of the Goodness Gospel” y “The Church Planting Wife: Help and Hope for Her Heart.” Este artículo es adaptado de su sitio web: www.gracecoversme.com. Ella y su esposo Kyle sirven en Charlottesville Community Church (Iglesia Comunitaria Charlottesville) en Charlottesville, Va. Read All by Por Christine Hoover ›